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CON LA PAZ DEL FUEGO

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    Si nunca experimentaste la aventura de hundir la mirada en el abismo de la llama, si no conoces la riqueza de los colores de la brasa ardiendo, te lo recomiendo.
    Contemplar una fogata suele aliviar tensiones, tranquilizarnos. Pero si ahondamos en su profundidad, podemos ser testigos de la combustión sin tregua, de la intensidad que la habita. Nada tiene de quietud, esa paz; nada de calma. Es pura potencia apasionada, en
    vaivén, danzando al ritmo del viento.
    En estas páginas, te ofrezco algo de mi fuego... Esa combustión sin tregua que me habita, esa calma que no es descanso, placidez cargada de intensidad. Ese viento que me sopla y la ceniza que cae, para el reciclado. Ese ritmo en subibaja, los ciclos de la llama. Lo estable de la brasa, que aguarda el momento propicio para encenderse. El humo que tantas veces ahoga. Y la paz de saber que hay humanidad garantizada, compartida, transmisible.
    Sandra Hojman (Buenos Aires, 1967), laica, licenciada en psicología, ha participado en diversos espacios eclesiales.
    
    Í N D I C E
    Prólogo de Dolores Aleixandre
    ¿Conoces la magia del fuego?
    PARÁBOLAS PARA MI HOY
    Reflexiones desde la miopía
    Una vela quebrada
    Ararnos, una y otra vez
    Un buen árbol
    Descubriendo
    Otra vela, encaprichada
    Despertar a la lluvia
    El otoño se anuncia
    La sed
    Dame de beber
    De secretos y secreciones
    La vida se amasa
    Los ingredientes de la masa
    Digerir para asimilar
    Viento
    TU PALABRA ME ENTRETEJE
    Afinar los sentidos
    Frente al pesebre
    En nuestras manos
    Hablemos de desbordes
    Una barca sobre el agua
    Pedro, ¿me amas?
    Una mujer, dos monedas
    ¡Qué perla!
    DESDE MI PROCESO PASCUAL
    Llamados a la vida
    Luchar con la muerte
    Desembarazarnos de lo muerto
    Hijos de la resurrección
    Seguir buscando en lo obvio
    No teman
    En la oscuridad
    Te invita a nacer
    La vida se mueve
    Límites e infinito
    Impedimento definitivo
    Ladrillos de juguete
    Crecer
    EN LA INTIMIDAD
    Mi Credo
    Al Espíritu
    Piezas únicas
    Apasionado
    Sostenidxs
    El grito de la tierra maltratada
    Te pusiste de pie y exclamaste
    Para la Magdalena
    Manantiales de agua viva
    Sed nueva
    Inundada de presencia
    AL VIENTO COMUNITARIO
    Una experiencia de Reino
    Ronda de mate
    Curen a los enfermos
    Callar o hacer silencio
    Ya los medios predicaban...
    Mujeres
    Encarnación y marchas
    De ballenas y partos colectivos
    Saboreando el dulce amargo
    Identidades
    Reflexiones muy sueltas
    Qué Cuerpo y qué Sangre
    Nos proclamarán felices todas las generaciones
    A cargo de la Resurrección
    Sacramentalidad
    Aquí estoy (semblanza)
     
    Prólogo 
    
    CON LA PAZ DEL FUEGO
    
    Cuando Sandra Hojman me pidió que le pusiera un prólogo a su libro pensé que me iba a resultar difícil porque no nos conocemos personalmente: llegó un día a la pantalla de mi ordenador gracias a un amigo común, ese al que ella llama “partero de pascuas”. Y de amistades, añadiría yo.
    Después de haber leído Con la paz del fuego, tengo la sensación de que su autora es ya para mí alguien de quien sé algunas de esas cosas que llegan a saberse de los amigos después de mucho tiempo. Y es que si “Dios crea como el mar crea la playa: retirándose”, ella no se “retira” del todo de lo que escribe y va dejando huellas de su manera de ser y de estar en la vida. 
    Por eso ahora sé de ella, por ejemplo, que la naturaleza le ayuda a leerse y leer la Palabra. Que respira con la naturaleza y palpita con ella: con el fuego, la siembra, la lluvia, la masa, el pan, el árbol…Y que acostumbra a cosechar la Presencia en lo más obvio, en lo sencillo, en lo que está tan a mano que nos parece insignificante. 
    Sé que es una mujer habitada por “una combustión sin tregua, por una calma que no es descanso sino placidez cargada de intensidad”. Es quizá esa palabra, “intensidad”, la que mejor define lo que me ha transmitido su libro. En la adolescencia sus ojos miopes recibieron lentes y con ellos el descubrimiento de que el regalo que podía entregar a otros es la capacidad de cercanía porque “sólo estando cerca se pueden comprender ciertos recovecos de lo humano que suelen pasar inadvertidos y son accesibles a esa mirada de lupa”. 
    Quizá por eso leer lo que escribe provoca a la búsqueda del misterio que se devela precisamente en lo más cercano. ¿Cómo es posible sentir tantas cosas ante una vela encendida? ¿Cómo se pueden descubrir tantas maravillas contemplando la evolución de un pollito, viendo llover o viviendo el otoño? ¿Cómo se puede describir de una manera tan honda y sugerente funciones que damos por supuestas como la respiración o la digestión?
    Un profeta del destierro descubría “lo nuevo” que Dios estaba creando en la historia y se asombraba de que los demás no estuvieran asistiendo maravillados a su germinación: “Mirad que estoy creando algo nuevo. Ya está brotando ¿no lo notáis?” (Is 43,19). Esa misma pregunta está presente en cada página de este libro peculiar, a la vez poético y sencillo, místico y cotidiano.
    En cada página recibimos la invitación urgente a detenernos ante lo que nos parece obvio, ante todo eso que asumimos sin cuestionamiento alguno y sin hacernos preguntas sobre ello. Y, queramos o no, nos sacuden las preguntas apremiantes de alguien para quien en todo encuentra rastros, señales y huellas de Alguien: “¿Dónde estuvo y no lo viste? ¿Dónde puedes tropezarte con su presencia silenciosa, esperando que lo mires, que te des cuenta de que está ahí?”
    Sandra Hojman se entiende como “mediadora, puente entre lo distinto, confluencia, punto de encuentro donde lo diverso se siente acogido. Y también, buscadora en lo oculto, que desmenuza para hallar lo que no se ve a primera mirada”. Nos ofrece su sensibilidad contemplativa, su don para observar “con mirada de promesa, casi gestar con la mirada el asomo de la vida, que por tan pequeño podría perderse si nadie lo mira y lo protege”.
    Nos invita a ponernos como ella unas “gafas de cerca” para mirar a corta distancia, dejando que las pequeñas cosas diarias nos revelen sus secretos y recuperar así la vibración, el latir de cada instante. Pero nos desafía también ¡y con qué fuerza! a ponernos “las gafas de lejos” para abrirnos al Dios de la ruptura, al que no se conforma, al Nunca Bastante, al del “crucemos a la otra orilla”, el que siempre nos desinstala, el Dios nómada que busca atravesar todas las fronteras. 
    He escuchado el eco de mucha lectura orante del Evangelio que permite reencontrar a sus personajes desde una óptica nueva: Pedro, las mujeres de los perfumes, la viuda que echó todo lo que tenía, María Magdalena, la samaritana, el negociante de perlas. Encontramos, sobre todo, a Jesús “invitándonos a excedernos, a traspasar los límites, a romper la barrera del miedo y de la “urbanidad”, a empujar las paredes que protegen, a ensanchar los espacios compartidos…”
    He escuchado también mucha resonancia eclesial en lo que escribe: el ritmo de los tiempos litúrgicos, de las celebraciones comunitarias, de los mensajes de una Iglesia comprometida con el pueblo, de las palabras de hombres y mujeres “con la paz del fuego”. 
    Me ha hecho tomar contacto, especialmente, con tantas mujeres “impulsando la vida, poniendo la carne y la sangre y la transpiración en lo cotidiano; arrojando mordazas, inaugurando voces”.
    Me ha llegado muy dentro, precisamente por lo inusual que resulta hoy nombrarlo, el tema reincidente de la muerte y de la vida. Y con ello el apremio a abandonar lo que ya no sirve, lo que necesita morir, a desembarazarnos de lo muerto para que la vida siga su curso. Porque Dios “como con los viejos juegos de ladrillos, nos separa en piezas, nos invita a de-construirnos, para recrearnos” y porque “el gozo central del Evangelio radica en esta confianza en el poder resucitador que se esconde en la misma muerte de lo caduco”. 
    Creo que vamos a ser muchos los que acojamos la invitación de Sandra Hojman de poner la lupa en lo que ya sabemos, de volver a mirar lo repetido. Y a dejarnos contagiar por su convicción apasionada de que la vida sigue adelante, porque somos tierra que anda… y en ese andar, lo mismo es siempre nuevo. 
    
    Dolores Aleixandre rscj

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